Archivo mensual: octubre 2013

El aprendizaje colaborativo como motor del conocimiento metacognitivo

Conocimiento metacognitivo, el nombre echa un poco para detrás, parece que se refiere a “cosas incontrolables de la mente”, pero es todo lo contrario, expresa la capacidad del ser humano para conocer cómo aprende, piensa, recuerda, para autoregularse, tomar conciencia, mejorar su capacidad de comprensión…

Lo que sucede es que no estamos acostumbrados a practicarlo en el plano educativo, ni en ningún otro plano, a pesar de que solo con la toma de conciencia de que podemos pensar acerca de nuestro pensamiento, ya tenemos un buen paso dado para organizar la manera en la que mejorar los resultados del aprendizaje.

En el caso del aprendizaje colaborativo nos encontramos con la oportunidad de abordar el conocimiento metacognitivo, tanto desde una perspectiva grupal como individual. Es como si fuera un motor que te conduce a ese punto en el que cada integrante del equipo está en disposición de bucear dentro de sí para poder desarrollar la mejor versión de sí mismo. Y al mismo tiempo, la persona se retroalimenta de cómo el resto de los miembros están gestionando este mismo proceso.

Entre las pautas básicas para que un equipo obtenga buenos resultados se encuentra la constante supervisión de múltiples factores que tienen que ver con sus pautas de funcionamiento, logros, problemas, retos, estrategias… Se trata de preguntarse de manera sistemática en reuniones para tal fin ¿qué hemos aprendido hoy?, ¿cómo lo hemos aprendido?, ¿qué hemos entendido bien?, ¿qué cosas no acabamos de entender?.  Algo tan sencillo como formular estas preguntas con cierta asiduidad puede favorecer la solución de bloqueos en el aprendizaje, aumentar la motivación y superar las dificultades que se van presentado en todo proceso de aprendizaje.   

De hecho, un estudio realizado por profesores de matemáticas (disponible en http://goo.gl/qIhkIh) en el que analizaron las repercusiones del trabajo colaborativo en el conocimiento metacognitivo, concluyó que tras las experiencias de colaboración, los alumnos experimentaban un mejor rendimiento individual, entre otros factores, debido a que la capacidad del equipo para encontrar nuevas estrategias para la resolución de problemas es mayor que la de una persona aislada.  

No me olvido de que el propio aprendizaje colaborativo nos plantea nuevos problemas que también hay que afrontar, pero es aquí donde la figura del profesor como guía es fundamental. A trabajar en equipo se aprende, como todo en la vida. Y hoy por hoy, la formación docente en este terreno es muy escasa. Sin embargo, este modelo pedagógico es muy rico en propuestas, tales como la Teoría de las Inteligencias Múltiples, la Inteligencia Emocional, los Sistemas de Referencia VAK, la Programación Neurolingüística, la Teoría de los Hemisferios Cerebrales o la Rueda de Kolb.

De hecho, ahora mismo escribiendo sobre este tema, estoy recordando que en la facultad de Pedagogía nos pedían multitud de trabajos en equipo, pero nunca hubo un asesoramiento sobre las estrategias para obtener el máximo provecho de la experiencia, ni siquiera acerca de cómo tomar conciencia del sentido de lo que hacíamos más allá del contenido que teníamos que trabajar. Con esto quiero decir que la mayoría de las veces, el aprendizaje colaborativo se desarrolla sin tener en cuenta el conocimiento metacognitivo que puede desprenderse de él y que resulta muy beneficioso.

Y como me encanta extrapolar lo que sucede en el contexto educativo a la vida misma, no me cabe duda de que si nos educaran dando más protagonismo al conocimiento metacognitivo, por medio por ejemplo de aprender más colaborativamente (como no podía ser de otra manera), se desenredarían muchos de los nudos que a veces nos hacemos a causa de la imagen que tenemos de nosotros mismos y nuestras capacidades, haciéndonos más libres por dentro…que ya es un paso 🙂

 

 

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