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Conectando hemisferios

 

Últimamente ando sumergida en las propuestas educativas de la Disciplina Positiva http://disciplinapositivaespana.com/  y sin buscarlo conscientemente ha resultado que el aprendizaje colaborativo guarda una estrecha relación con este enfoque pedagógico realmente apasionante para mí, ya que supone una vía muy válida para desarrollar habilidades que tienen que ver con un concepto que está ocupando mi atención y curiosidad en los planos familiar, personal y profesional, definido por Daniel Siegel como la “integración” del hemisferio derecho y el hemisferio izquierdo del cerebro. 

Para conocer más acerca de Siegel, autor de la más que recomendable obra “El cerebro del niño” o “La crianza de los hijos de dentro hacia fuera” y acercarte a sus inspiradoras propuestas, puedes consultar su web en http://drdansiegel.com/

Para mí esta “integración” ya se ha convertido en un auténtico reto, de esos que gustan por ambicioso y alcanzable. Dicho en otras palabras, este reto consiste en conectar y coordinar los recursos mentales que poseemos, tanto emocionales como racionales, que operan desde diferentes zonas del cerebro y que con demasiada frecuencia solemos utilizar aisladamente.

Una buena salud mental depende de cuán integrados tengamos nuestros recursos mentales para hacerlos trabajar  coordinadamente, de manera que el hemisferio izquierdo, donde se encuentra nuestra capacidad de razonamiento y lógica esté conectado con el hemisferio derecho, allí donde suceden las emociones. De igual forma ocurre con la zona superior del cerebro, región donde está la capacidad para ver nuestras propias acciones de una manera reflexiva, y con la parte inferior, zona en la que tienen lugar nuestras reacciones viscerales y de supervivencia.

Dicho así puede resultar una obviedad, pero realmente pocas madres, padres o educadores se molestan en atender y conocer cómo funciona el cerebro de los niños, y todos hemos sido niños, por lo tanto, crecemos y construimos nuestra mejor herramienta para desenvolvernos en la vida, sin que nadie nos haya guiado con conocimiento de causa para alcanzar todo nuestro potencial de salud mental. Más bien, es bastante común que la interacción educativa se convierta en un constante torpedeo a ese fin, lo cual provoca que no siempre se llegue a la etapa adulta en las mejores condiciones posibles…yo lo veo todos los días ;).

Al abordar este tema en niños y en adultos me surgen marcadas diferencias acerca de las estrategias que podemos utilizar. Por ejemplo, mi experiencia con los más pequeños es que ayudarlos para que conecten sus emociones negativas con su capacidad reflexiva es de lo más grato que pueda existir, es algo así como guiar hacia una nueva puerta que se abre dentro de ellos y que les posibilita disminuir su malestar ante emociones de frustración, ira o tristeza, tan comunes en los niños. Sorprende comprobar cómo ante una situación de caos emocional, con una pequeña intervención del adulto para que el niño tome conciencia de la emoción que está sintiendo, poniéndole nombre, y ayudándolo para que identifique aquello que  detonó esa sensación (todo ello envuelto en un abrazo), es capaz de hacer cambiar su disposición inicial y avanzar hacia un estado de ánimo más positivo.

En el caso de los adultos, somos nosotros mismos los que tenemos que gestionar esta “integración”, para lo cual, como he mencionado anteriormente, es importante conocer cómo funciona nuestro cerebro y hacer de las decisiones que tomamos ante experiencias que nos desestabilizan, la oportunidad y el escenario donde ir dibujando un nuevo mapa cerebral, más interconectado, sano y capaz.

Aquí entra en juego el aprendizaje colaborativo, donde intervienen una variedad de situaciones que pueden ser una rica fuente de experiencias en las que tenemos que aunar nuestra capacidad lógica y reflexiva para aprender aquello que nos proponemos, con distintas emociones sobre nuestro propio papel en el equipo y nuestra relación con sus  miembros. El objetivo es claro, puesto que se trata de solucionar una tarea de manera colaborativa y nuestras decisiones deberán ir encaminadas a aquello que propicie un buen resultado. Entrenar la habilidad de solventar los escollos que vayan surgiendo es un trabajo de “integración”, de ahí que entre las competencias que se entrenan en el aprendizaje colaborativo se encuentren la autogestión, autonomía, responsabilidad, empatía, creatividad, flexibilidad…

Creo que seguirán surgiéndome más y más beneficios del aprendizaje colaborativo,  me pregunto cuál será el siguiente. El curso on line de Estrategias de Aprendizaje Colaborativo que he elaborado junto a Redefor http://www.redefor.eu/ seguro que contribuirá a despejar esa incógnita…

 

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El poder terapéutico del aprendizaje colaborativo

Me siento llena de energía y vitalidad, como si me hubiera sometido a una cura de desintoxicación contra todo aquello  que te estanca por dentro, haciéndote girar sobre el mismo punto sin avanzar…y sé las razones de esta deliciosa sensación.

En primer lugar, por qué no reconocerlo, porque me encanta ponerme a tiro para que me sucedan estas cosas y absorber cada gota de la experiencia, seguir mi intuición y asumir retos sin miedo.

Ello me llevó a participar hace una semana en el primer taller formativo de Disciplina Positiva en España, una propuesta educativa que me cautivó desde el minuto cero, apenas comencé a leer las impresiones de Jane Nelsen sobre los perjuicios del castigo y las recompensas, la eliminación total de la violencia física y emocional en la educación, los errores como oportunidades para aprender, de la necesidad de conectar con los niños desde el máximo respeto hacia ellos y a nosotros mismos, la colaboración como medio para una convivenvia constructiva…

Encontré su libro sobre Disciplina Positiva en la Biblioteca estatal de Las Palmas de Gran Canaria, sumergida en la búsqueda de bibliografía para los contenidos del curso sobre Estrategias de aprendizaje colaborativo que como ya he comentado estoy elaborando (lleva mucho tiempo), y aunque no estaba directamente relacionado con lo que buscaba en ese momento, no pude evitar incluirlo entre los libros que me llevé a casa para profundizar en ellos.

Y cómo se van tejiendo las cosas… al final, realizar este taller ha significado una experiencia de aprendizaje colaborativo de esas que reúnen todas las bondades que con tanto ahínco trato de explicar en el curso, con el objetivo de que los alumnos crean en ello, lo practiquen y lo apliquen posteriormente como docentes.

Realmente me doy cuenta de que ya desaprendí  aprender de otra manera que no sea trabajando en equipo, de forma  colaborativa, viviendo la experiencia de dentro hacia fuera, desde la libertad y el vértigo, y con la certeza de que finalizado el periodo formativo, queda de mi mano expandir el conocimiento adquirido.

Estoy convencida de que la experiencia no hubiera sido tan intensa ni gratificante si las “facilitadoras” Gigi y Gina, hubieran planteado el taller bajo otra metodología, de hecho, no imagino otra manera de aprender sobre Disciplina Positiva. Su trabajo fue inspirador y alentador, aunando emoción y razón.

Y cuando aprendes así, colaborando y compartiendo, el sentido de pertenencia al grupo, de significancia…, clic!, se enciende en ti…y cual niño que se encuentra en paz en ese estado (tal como recalca la Disciplina Positiva),  tu “yo” de adulto también se calma, dejando espacio a la renovación, a que entre aire fresco en tus ideas, tus ilusiones…Eso es terapéutico, es sano…

Por todo ello y muchísimo más… mil gracias a mis 25 compañeras y las dos “craks” de profes que tuvimos, siempre hubiera sido el momento perfecto para conoceros.

Foto grupo DP

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septiembre 28, 2013 · 9:53 am