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El aprendizaje colaborativo como motor del conocimiento metacognitivo

Conocimiento metacognitivo, el nombre echa un poco para detrás, parece que se refiere a “cosas incontrolables de la mente”, pero es todo lo contrario, expresa la capacidad del ser humano para conocer cómo aprende, piensa, recuerda, para autoregularse, tomar conciencia, mejorar su capacidad de comprensión…

Lo que sucede es que no estamos acostumbrados a practicarlo en el plano educativo, ni en ningún otro plano, a pesar de que solo con la toma de conciencia de que podemos pensar acerca de nuestro pensamiento, ya tenemos un buen paso dado para organizar la manera en la que mejorar los resultados del aprendizaje.

En el caso del aprendizaje colaborativo nos encontramos con la oportunidad de abordar el conocimiento metacognitivo, tanto desde una perspectiva grupal como individual. Es como si fuera un motor que te conduce a ese punto en el que cada integrante del equipo está en disposición de bucear dentro de sí para poder desarrollar la mejor versión de sí mismo. Y al mismo tiempo, la persona se retroalimenta de cómo el resto de los miembros están gestionando este mismo proceso.

Entre las pautas básicas para que un equipo obtenga buenos resultados se encuentra la constante supervisión de múltiples factores que tienen que ver con sus pautas de funcionamiento, logros, problemas, retos, estrategias… Se trata de preguntarse de manera sistemática en reuniones para tal fin ¿qué hemos aprendido hoy?, ¿cómo lo hemos aprendido?, ¿qué hemos entendido bien?, ¿qué cosas no acabamos de entender?.  Algo tan sencillo como formular estas preguntas con cierta asiduidad puede favorecer la solución de bloqueos en el aprendizaje, aumentar la motivación y superar las dificultades que se van presentado en todo proceso de aprendizaje.   

De hecho, un estudio realizado por profesores de matemáticas (disponible en http://goo.gl/qIhkIh) en el que analizaron las repercusiones del trabajo colaborativo en el conocimiento metacognitivo, concluyó que tras las experiencias de colaboración, los alumnos experimentaban un mejor rendimiento individual, entre otros factores, debido a que la capacidad del equipo para encontrar nuevas estrategias para la resolución de problemas es mayor que la de una persona aislada.  

No me olvido de que el propio aprendizaje colaborativo nos plantea nuevos problemas que también hay que afrontar, pero es aquí donde la figura del profesor como guía es fundamental. A trabajar en equipo se aprende, como todo en la vida. Y hoy por hoy, la formación docente en este terreno es muy escasa. Sin embargo, este modelo pedagógico es muy rico en propuestas, tales como la Teoría de las Inteligencias Múltiples, la Inteligencia Emocional, los Sistemas de Referencia VAK, la Programación Neurolingüística, la Teoría de los Hemisferios Cerebrales o la Rueda de Kolb.

De hecho, ahora mismo escribiendo sobre este tema, estoy recordando que en la facultad de Pedagogía nos pedían multitud de trabajos en equipo, pero nunca hubo un asesoramiento sobre las estrategias para obtener el máximo provecho de la experiencia, ni siquiera acerca de cómo tomar conciencia del sentido de lo que hacíamos más allá del contenido que teníamos que trabajar. Con esto quiero decir que la mayoría de las veces, el aprendizaje colaborativo se desarrolla sin tener en cuenta el conocimiento metacognitivo que puede desprenderse de él y que resulta muy beneficioso.

Y como me encanta extrapolar lo que sucede en el contexto educativo a la vida misma, no me cabe duda de que si nos educaran dando más protagonismo al conocimiento metacognitivo, por medio por ejemplo de aprender más colaborativamente (como no podía ser de otra manera), se desenredarían muchos de los nudos que a veces nos hacemos a causa de la imagen que tenemos de nosotros mismos y nuestras capacidades, haciéndonos más libres por dentro…que ya es un paso 🙂

 

 

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Las razones del aprendizaje colaborativo

Repasando los contenidos que sirven de introducción al curso e learning en el que trabajo sobre Estrategias de aprendizaje colaborativo, me apeteció recordar las razones por las cuales esta manera de enfocar el aprendizaje debe ir ganando terreno ante las viejas prácticas, y siendo complemento de multitud de modelos educativos que buscan igualmente el desarrollo de las personas a través de afianzar tanto su individualidad y autonomía como una sana interacción con los demás.

acolaborativo

El aprendizaje colaborativo emana de una concepción constructivista del aprendizaje, una corriente de pensamiento que nació a mediados del siglo XX en la que participaron filósofos, pedagogos y educadores, psiquiatras, físicos, matemáticos, biólogos, psicólogos, sociólogos, lingüistas…

Se considera que el primer constructivista fue Giambattista Vico, y entre sus máximos exponentes de manera muy resumida se podrían citar a Ernst von Glasersfeld, Jean Piaget y Lev Vygotski.

De manera casi poética, la cita de Gerald M. Edelman representa el espíritu constructivista: “Cada acto de percepción es, a cierto grado, un acto de creación, y cada acto de memoria es, a cierto modo, un acto de imaginación”.

Las dos ideas esenciales que comparten las teorías constructivistas de la enseñanza son que el aprendizaje es un proceso activo de construcción por parte del sujeto, más que de adquisición de conocimientos, y que la enseñanza es el proceso de apoyo de dicha construcción, más que la transmisión o comunicación de conocimientos (Duffy y Cunningham, 1996)[1].

El enfoque constructivista se opone a la teoría cognitivista del procesamiento de información; dado que considera que la realidad no es ni única, ni objetiva ni independiente a quien la busca describir y explicar. El sujeto construye activamente herramientas y símbolos propios para manipular de manera concreta (física) y abstracta (semántica) el mundo externo y su concepción de sí mismo[2].

Es decir, defiende que es el propio alumno quien construye su propio conocimiento a partir de un proceso interactivo en el que el papel del profesor es mediar entre el alumno y los contenidos, y plantea la posibilidad de que en determinadas circunstancias, los alumnos puedan protagonizar este papel mediador. Los alumnos también aprenden unos de otros[3].

Esta interacción entre los diferentes agentes educativos que también caracteriza al aprendizaje colaborativo, incide de manera positiva en aspectos como[4]:

-El proceso de socialización.

-La adquisición de competencias sociales.

-El control de los impulsos agresivos.

-La relativización de los puntos de vista.

-En incremento de las aspiraciones y del rendimiento académico.

-etc.

Algunas de las cuestiones que hay que tener en cuenta para alcanzar estos beneficios son[5]:

-La necesidad de activar las estructuras previas de los alumnos. En consecuencia, el maestro debe conocer estas estructuras, puesto que ellas son la base con la cual la nueva información será contrastada.

El adquirir conocimiento conlleva comenzar por el todo para llegar  a las partes, una vez que el todo inicial sea comprendido.

-La comprensión del conocimiento implica procesos de exploración  y examen de todos los matices del nuevo conocimiento. Los alumnos necesitan compartir las estructuras emergentes con otros que puedan criticarlas y, en consecuencia, ayudar al que está aprendiendo a refinar sus propias estructuras.

-El uso del conocimiento a través de una auténtica resolución de problemas.

El aprendizaje colaborativo también se nutre de la teoría sociocultural, derivada de las ideas de Vigotsky, en la que el concepto de la interacción social se ve como un mecanismo para el desarrollo.

Mientras la corriente Piagetiana plantea la contradicción y el conflicto con grupos moderadamente divergentes para la cooperación, la perspectiva sociocultural subraya la colaboración y propone los grupos homogéneos para propiciarla, así como las relaciones tutoriales para la mediación[6].


[1] Citado en Castañeda, L., Adell, J. (2013)

[3] Monereo, Durán. (2002)

[4] Coll, Colomina. (1990)

[5] Para profundizar, leer completo el artículo de Araceli de Tezanos “Constructivismo: un largo y dificultoso camino desde la investigación al aula de clase”. Disponible en:

 http://www.segciencias.com.ar/tezanos1.htm

[6] Monereo, Durán. (2002)

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